sábado, 17 de noviembre de 2012

Cosas de mujeres

 

Gorgo le dijo “ninguna mujer debería turbar tus pensamientos más que yo” la reina de Esparta era consciente de su condición, de toda su condición; en el Destierro, el Cid sabía que su mujer le esperaba. Los tres mosqueteros saben el enorme daño que se sufre por dejarse arrastrar por la boca del infierno: en el castillo de If viven los que aun quedan de tal condena; machista; años llevo aguantándome eso como máxima descalificación, desdoro y motivo de linchamiento: y ahora empiezan a recular, en lo particular, en lo privado, en sordina, sin que se note; femeninamente, igual que asesinan con cristalitos machacados quieren recuperar los fueros que han destrozado: no, ya no podéis ser princesas, no, ya no podéis ser objeto de adoración ni aprecio, porque para eso hay que ser únicas, y os habéis dedicado durante más de diez años a ser más putas que las gallinas, amparadas por la ley del imbécil de José Luis Rodríguez “El puma” que perpetraron la Aído (¿ande?) y la Pajín: leyes genocidas del vaginismo más ridículo: escondieron las estadísticas para que no se vieran los suicidios, acallaron las voces discordantes, estafaron y engañaron con la complicidad de la administración judicial; victimismo, siempre victimismo, y ahora, son lo que han buscado: objetos, de uso, ninguneo, desprecio, vacuidad despreciable y espelunca carnal, y nada más, porque no saben ser mujeres pero exigen fueros de tal: ahora queremos esto, y cada capricho hay que consentirlo; y ahora quieren que no haya pasado, pero los machistas se han suicidado en ataques espeluznantes de machismo mientras las genocidas se regodeaban. Ahora apechugar: ni mujeres ni nada, objetos sexuales, coños con patas, mierda de siete colores, despreciadas, y despreciables. Así la sociedad os valora, y a eso os queréis rebelar: hablad con vuestras madres: a las que debéis culpar, que lo que os han contado de vuestro padre es mentira.

Mirad, habitantes de la extensa Esparta,
o bien vuestra poderosa y eximia ciudad es arrasada por los descendientes de
Perseo,
o no lo es; pero en ese caso,
la tierra de
Lacedemón llorará la muerte de un rey de la estirpe de Heracles
Pues al invasor no lo detendrá la fuerza de los toros
o de los leones ya que posee la fuerza de Zeus. Proclamo
en fin, que no se detendrá hasta haber devorado a una
u otro hasta los huesos.

Es el oráculo que la Sibila de Delfos había lanzado y contra el cual se había desatado Leónidas, a su mujer esto la arrebataba: cuando salió hacía las Thermópilas sabiendo que iba a morir aconsejó a su mujer que buscara un buen hombre y se volviera a casar; Los tres mosqueteros fueron a morir, pero mientras tanto vivían agitando su dedo acusador; en el castillo de If la gente está como el gato de Schrödinger; el Cid casó sus hijas y las cuidó: le costó su vida el feminismo del Rey; ahora, las mujeres se han condenado a objetos de deseo y simple polvo que ya no saben ni adornar, y nada más: perdida toda su condición femenina, en su soberbia condenan a sus hijas a no ser princesas: ellas son la única la primera en todo y en todo tienen razón, y hay que bailar al ritmo que ellas mandan; éste es el coste, el de la vida de sus hijas que jamás serán princesas, jamás, porque ellas jamás asumieron que sólo se es reina del baile una vez, que se envejece, y que ser mujer es más complejo que una sexualidad soberbia basada en una corrección política hasta para follar que les dictan desde las páginas de moda.

Se han condenado a la vulgaridad, han condenado a las siguientes a la inania, y ya no dan alaridos: ahora apesadumbradas se disculpan. No merecen el perdón. La historia las va a llamar por su nombre, y no, ninguna son Milady de Winter, que sólo son barriobajeras lastradas por su ignorancia.

Y nos han dejado sin paraísos de amores deshojados, pero las que han perdido son ellas.

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