viernes, 2 de mayo de 2014

Brumeando

Es fácil ennegrecer la leyenda pensando que Erasmo no vino a España temeroso; es fácil dulcificarla pensando que no vino porque aquí no había impresores cualificados a su criterio, aun; sostengo que instalado ya en una comodidad plácida de trabajo y vida, prefería mantenerse en parámetros conocidos, que aventurarse en los meandros de Luis Vives y toda la docta escuela que en España había, se estaba gestando, y vivificaría todo: al fin y al cabo la inquisición no es sino anécdota, cuando la categoría es la certeza de que la soledad nos es propia: y nunca compartida, ni es la misma soledad, aunque entendamos la soledad del otro; la sensación del abandono, la tristeza del aislamiento siempre que salgas de las rutinas precisas y métricas a las que te aherroja toda cotidianeidad, toda estructura, toda sociedad. Cuando las rutinas del aburrimiento no te incitan a la indolencia, sigues camino. Con Claudio Rodríguez saboreamos el Don de la ebriedad, sabiendo que no nos es necesario socializar nuestras excesivas cautelas impulsivas, sino simplemente sobrellevarlas en sociedad, como se ve que el mismo mundo se da la vuelta porque lo estudiado te da el coraje de atravesar la puerta y asomar al abismo, que aterra y asombra: luego, ya nada vuelve a ser lo mismo, porque nunca lo había sido: no ha cambiado nada, te ha cambiado a ti.
Suena Blue train, y la conversación es de dos niños vestidos de vaqueros que en tal medida comprenden entornos; no es un problema de adecuarse a tiempos o estar a la pauta que establece la moda, es ver que toda moda, una vez trascendida, es todas las modas, y por ello somos vaqueros  en el saloon, aunque andamos buscando quien ha robado el Halcón maltés, y como nos descuidemos y encendamos la luz nos veremos vestidos de toreros: el ansia primigenia, aunque sabiendo que la puñalada será trapera, el tiro por la espalda: siempre buscando de frente, viendo que todo es sibilino, lento y disimulado en afeites y cosméticas para negarte tu valor, lejos de la vanidad: y no lo hacen otros, lo haces tú y va en el paquete, porque no te has conformado a ocupar el puesto asignado sino que prefieres desarrollarte desde él y no allí, y eso, es pecado de lesa traición a este mundo burocratizado y vulgar, ensalzando la ordinariez.
Anuncia la mañana el fresco de la brisa,
la borrachera del amigo
y la débil luz de las lámparas.

Acabo de leer el último libro de Juan.

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