martes, 27 de octubre de 2015

La realidad, de fracto.

Me piden editores volver a sacarlo; no sé que decidiré al final, es cosa mía: en Una realidad fractal anticipaba el momento que estamos viviendo: la OMS, ese nauseabundo organismo, nido de holganzas y tráfico de fortunas, quiere prohibir las longanizas, las morcillas, las güeñas: equiparan las salchichas de frankfurt industriales y repugnantes con el exquisito embutido de las carnicerías de mi pueblo. Desaparecido por encanto el timo del colesterol para justificar el pago a unas farmacéuticas, ahora la próxima milonga será con el aparato urinario masculino y su aparato genital, todo serán enfermedades extrañas alrededor de la polla.
Todo el momento social que estamos padeciendo se definió en Una realidad fractal; Crispal siempre lo recuerda, y muchos de mis lectores me escriben: en el momento de su edición me dijeron de todo; sólo uno de aquellos se ha retractado, un sevillano, y eso me conforta: lo dije, y ha sucedido.
Molesta mucho a los mediocres la presciencia fundamentada en el estudio y el trabajo, no creo ser tan inteligente. Pero seguramente lo soy.
Escribí, entonces:
se prohibirá el cerdo, que realmente tiene demasiado colesterol, y la dhimmitud habrá hecho su camino: esos cerdos que proliferaron en Andalucía como talismán previsor de pérfidos sarracenos al no ser saludables, habrán sido exterminados por el bien común.
Os dejo aquí un extracto del libro, donde anticipo estas cosas y la animalada que hacen de bajar el grado y la intensidad del aceite por ley, de poner menos tabaco en los cigarros, y demás perfidias de ingeniería social para convertiros en esclavos.

Anatomía de la destrucción
Primero cosas sin importancia, ninguneando, despreciando despectivizando y rebajando,  haciendo de lado, al aislamiento social: ante el cadáver del indigente
es evidente
que murió.
Declarará el juez, y nadie llora en los funerales de los vagabundos. Los peregrinos pasan.
Y poco a poco se va destruyendo: con algaradas y algarabías, como el follón que me montan en los juzgados, siempre el ofendido encuentra casualmente un puñal: siempre casualmente el que tiene un puñal, encuentra una ofensa.
Y al final se imponen; hasta que llega uno y salta, y aquí se monta una reconquista por menos de nada.
En Sevilla van cambiando el nombre de las cosas: la secuencia de desayuno, almuerzo, comida, merienda, cena, se cambia por un otro lenguaje, una especie de mezcolanza de francés suecado  e inglés apache: llaman desayuno al almuerzo. Y toman tostadas: las tostadas, para mi fueron una sorpresa; es lo que habitualmente conocemos como bocadillos de jamón, sólo que de jabugo, con aceite a disposición, un aceite realmente novedoso para mi, harto de trabajar en la almazara, un aceite demasiado bueno: la gente pide una tostada y el bocadillo de jamón con el café, y funcionan.
Sea cual sea el bar, sea cual sea el sitio o el nivel económico de la zona hay dos elementos comunes a todos: un Cristo y una Virgen, y uno accesorio, pero casi totalmente común: un cartel de una hermandad.
La gente va, toma un café con una "tostada" y sigue la mañana (nadie me acuse de la sobredosis de Jabugo) la gente vive porfía, canta, y se confía; la gente quiere, ama, ríe, y aguanta el día: en Semana Santa se entregan a su cofradía.
La estructura del catolicismo no me permite comprender el fervor de la semana Santa Andaluza; el rigor de la reconquista sí: aquí los aguantaron más tiempo, y se amarran al catolicismo como liberación, agradecidos de haberse librados del pérfido sarraceno: ni en El Vaticano celebran la semana Santa y la Pasión como en Andalucía.
Nadie les va a prohibir la Semana Santa. Nadie les va a prohibir el Jabugo.
De momento lo del fervor religioso lo van disolviendo, llamándolo manifestaciones culturales, folklore, y dándole rango turístico, como si fueran un circo para entretener a la gente: cada vez la FE es más irrelevante y se da más pábulo al espectáculo.
Van poco a poco disolviendo diluyendo difuminando las fronteras de la fe, que es de las personas en un constructo social que es mejor por el turismo, por el dinero....."Por el bien común" frente a la fe, que es de rigor íntimo y rotundidad privada, de ética íntima, moral pública y discreta por su propia esencia.....esto lleva años sucediendo: lo han soportado, disimulando pero poco a poco lo van arrinconando.
Nadie prohibirá el Jabugo.
De momento ya se ha establecido por ley imbuida en la gente como un tatuaje lobotomizado en el cerebro que fumar es malo: se ha convertido en un pecado social; ahora, están anatemizando el alcohol, por los coches, por los accidentes....por el bien común.
Luego, se demostrará científicamente de manera irrefutable, que el aceite engorda, elimina potencia sexual, causa pies planos y favorece la aparición de mosquitos, toda esa argumentación en bombardeo cuando cogen una murga, y aparecerá un sustituto mucho mejor para todo, imagino que la mantequilla; y se va arreglando la salud de toda la humanidad, siempre por el bien común, siempre la gente se sentirá mejor y notará sus pies menos planos y todo, y entonces, algún exquisito gourmet o cocinero (a los que llaman restauradores, como si supieran arreglar cosas viejas) demostrará con rigor ineluctable que lo que realmente pega con la mantequilla es el jamón york, o la deconstrucción de algo que nunca se sabrá muy bien que coño es, pero que queda muy fino, y la presión social hará el resto: nadie quiere estar gordo, nadie quiere no tener salud, nadie quiere que se fume, por el bien común; y al fin y al cabo esta pasta incongruente que se pone con el pan que proviene de la sabia cocina de Tailandia, del budismo, de la tradición Hindú, de Chichicastenango o de la tradición sufí con influencias derviches es muy fina, nos da nivel y es multicultural, como si hubiéramos viajado, y la presentación ¡dónde vas a parar! frente al asqueroso jamón con pan y aceite, ¡un plato octogonal con una tostada de mantequilla deconstruida con afijos derviches ricos en bifidus activo y con omega tres!
En ese momento las mujeres estarán insatisfechas, la gente de muy mala leche, la tristeza será lo común, pero eso si: todo muy sano y saludable: batallones de psicólogos los convencerán de que no son multiculturales y eso es malo y que deben abrazar las novedades por que es lo bueno y lo moderno, y que realmente el problema es porque el cura de su infancia era gordo, o flaco, y sus padres unos opresores temibles que un día te castigaron. Que lo normal es el divorcio y la promiscuidad, mejor adoptar niños: si vienen ya hechos ya sabes que no tienen defecto y hay modelos a elegir, y si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero. Y que realmente si no lo hacen así es por que ellos son los malos, no hacen nada por el bien común.
Ya estará el camino hecho: se prohibirá el cerdo, que realmente tiene demasiado colesterol, y la dhimmitud habrá hecho su camino: esos cerdos que proliferaron en Andalucía como talismán previsor de pérfidos sarracenos al no ser saludables, habrán sido exterminados por el bien común.
A lo mejor el método paranoico crítico no es válido pero evidentemente  los cerdos, la reconquista, el fervor de Andalucía, y el rechazo a la morisma están entroncados, es de rigor evidente.
Peor que un disparo es esa muerte lenta, tan femenina de anularte como persona, de agotar la posibilidad, de imponer el mal lentamente.
Y así es como van queriendo borrarnos hasta el nombre, por mucho que algunos blogueamos en el desierto con la secreta esperanza de ser leídos por alguien, sea ahora, sea después de la próxima reconquista.



















2 comentarios:

rs222 dijo...

Dale, reeditalo!

Ignacio dijo...

Yo no me dedico a eso; creo que aun lo puedes pedir a la editorial.