miércoles, 24 de junio de 2015

Hastío

De algo cuya naturaleza es el cambio, hagamos visajes porque cambia ¡que tiempos éstos! ¡a dónde vamos a ir a parar! y lo que cuando yo estudiaba era (quizá) una pulsación de la glaciación que empezaba a parecer querer rastrearse en el registro fósil, becerro de oro mediante, se transformó en el agujero de la capa de ozono, que nos iba a obligar a todos a usar crema solar factor de protección tres mil, que en su propia tontería de planteamiento se disolvió y descubrieron ¡El Niño! que se llama así porque lo descubrieron los heroicos conquistadores españoles en la Nochebuena, y el niño era la clave, la verdad áurea, el arca perdida de todo el asunto del clima; y desarrollando el tema ¡encontraron el negativo! y La niña, con todo, no fue una murga tan aburrida como lo había sido el niño, porque llegó el enfriamiento global, que se transformó en el calentamiento global, que se transformó en el cambio climático, que aunque su descubridor declaró que todo había sido una murga para obtener beneficios, sigue adelante, en la inercia de la magnitud de dinero desperdiciado para justificar lo injustificable, con algún oscuro fin.
Siempre está la Comandante Seminova tras toda urdimbre siniestra:
En una de esas ocasiones en que un profesor de medicina evidentemente necesitado de unas sesiones en el koljós “Noches del Ártico” intentaba apabullarme, me dio los datos necesarios para urdir la trama: aunque era a largo plazo, fue lo único que pude tramar en aquellos días. Debía mantener mi estatus de científica fría y desapasionada; pero eso no constituía ningún problema. Para mí; al papanatas lo llevaba loco.
Pretendía alertar a la comunidad científica de lo espeso del humo de las chimeneas de las fábricas, buscando maneras de hacerlo menos espeso. Le parecía grave para cuando jugaba al golf. Como un mujik acosado, mi cerebro revolucionario comprendió que atacando la estructura fabril del enemigo minaríamos sus defensas; no debía ser una acción abierta sino hacer que el propio enemigo atacara sus estructuras; por todas partes debíamos estar presentes: aun en la memoria colectiva los hechos neoburgueses aunque aprovechables de Sacco, N. y Vanzetti, B. propiciaban un magma que podría aprovecharse para insertarse en la estructura profunda del enemigo capitalista: en los sindicatos, en la propaganda que se llevaba desde California, en las universidades. Debía ser sagaz y displicentemente cumplidora de mi cargo diplomático en la naciente ONU, por lo que esa noche tramé un plan, por quintuplicado, que podía servir para algo. Mientras tanto, cumplía mi misión de desapasionada y fría asesora científica de los pueblos en la ONU.
Y tras una vida de estudio y trabajo, errores que no me perdono, y aciertos que no me perdonan, me doy cuenta de que exceptuando las actividades solitarias de científicos, estudiosos, y artistas “toda ciencia trascendiendo” fuera del mundanal ruido, todo obedece a un sistema de propaganda de justificación de las necesidades de la plutocracia: y hallo consuelo en el estudio, en la soledad y en la naturaleza, que no en el hombre; y cada vez ansío más poder volver a emocionarme como la primera vez que leí el Poeta en Nueva York; y disfruto mucho con la mística, la teología dogmática, y la búsqueda de la palabra que defina la cosa, la situación, la precisión, para poder entender el mundo lleno de sentimientos y emociones a alta presión; y en la comprensión antropométrica de la condición humana, era, hasta hace bien poco, un buen referente los condicionales dogmáticos del catecismo y la iglesia: y en eso llega Bergoglio y hace una Encíclica, que deja parda a la Epístola a Los Corrientes 3-4,8 segundo piso ascensor, y revuelca toda la conclusión inefable, según la escolástica, que deja por vacuo, el panorama científico de moda hoy, y se arroja a los pies de la plutocracia, justificando el argumentario del becerro de oro, arrodillado y sumiso ante Jerjes todopoderoso fideicomiso del banco central alemán y del Chase Manhattan Bank.
Bergoglio nos ataca, y en la pampa mata vacas.
Adecuo el tema de “los 80” porque es que no salgo de mi estupefacción, y estupefaciente me quedo volviendo a repasar la llamada encíclica: esto no hay por donde cogerlo. Menos mal que estoy excomulgado, si no mi amigo Paco me jarreaba de firme. Pero ya no tengo Cura.
El magisterio de la iglesia ha de referirse a la condición intrínseca de la persona; la iglesia, guardián de las esencias de la cultura, y fideicomiso de la tradición y la veracidad, entra a la persona, y al alma, no a la mundanal juerga ni mucho menos a la justificación del capitalismo, nada más lejos del catolicismo…mientras hubo Papas en El Vaticano, que al menos disimulaban, aunque quiero pensar que eran creyentes, y católicos.
La teología de la vegetación es la sublimación de la soberbia: la tierra (Gaia) es todo, lo asemejo a Dios, yo voy a salvar a Gaia, ergo: yo soy más que Dios; humildad, en estado puro: la magnificación de la soberbia, el querer comprender el mundo en un folio y resumirlo en un compendio de frases sin sentido.
Que la urbanidad, la higiene, la convivencia, la educación la hayan transmutado a corrección política de ecológicamente correcto, y medio ambiente; y la suciedad sea polución, y la gorrinería contaminación, es cambiar el nombre a las cosas, nada que no hubiera sucedido antes; nada que no sea fruto de 1789 en su invención constante de la realidad, siempre cambiante, siempre inventada, siempre fallando; frente a eso, la tradición trasciende modas y épocas, y Cristo murió sólo una vez explicando bien claro el asunto importante: y sólo siendo mejores nosotros que nosotros mismos cada día, podremos servir para algo a la humanidad; lo demás: modas, humo, evanescencias y terrores del año mil, sólo que en el año dos mil, y demasiado dura tanta murga: faltaba Bergoglio jaleando a la plutocracia. Excomulgado, Y ya no tengo Cura. Pero los católicos deberían empezar a pedir inquisición, anatema y sambenito, la verdad.
No hay bienes escasos: considerar el agua, el sol, el viento, un bien lo que hace es, por un giro lingüistico, transmutar su condición de naturaleza a algo valorable: ergo se puede comprar, ergo debemos pagar por ello: por el sol, por el viento, por el agua.
El agua es escasa en el desierto, y establecer como dogma de fe “el agua es un bien escaso” es dotarlo de categoría económica: y al agua se la bendice, pero no se debe mercadear con ella; ni con la pobreza, ni con el hambre, ni con la condición humana: rebajándolo todo a números sin fondo y ciencia sin raíces degradamos a la humanidad a simples objetos de uso, manipulación y disfrute, y negamos la condición humana, la que le dio martirio a Cristo, que vino a dejar claro que era lo importante y qué lo accesorio y qué lo despreciable: porque no les dijo parábolas a los mercaderes del templo: ni les habló, los sacó a latigazos, ni palabra; para ahora hacer encíclicas patrocinadas por las multinacionales de la energía, de la desgracia y del hambre.
Pero en las grietas está Dios, que acecha
Dijo Borges, con mas tino y mas seso.










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