El León de Natuba da su vida por un poco de afecto que le lleva a la Guerra del fin del mundo; no tiene razón Vargas LLosa cuando se asombra de su exotismo; no le puedo enmendar la plana a una de las plumas más recurrentes desde mi infancia.
La imposición del sistema métrico decimal bajo un paraguas de buena voluntad y unificación por el comercio es una falacia que coló, y aun cuela, aunque se vea poco: en el mar se mide en millas, en usa miden en pulgadas, aquí lo abandonamos en nombre de un progreso cientifista que nada enriquece y todo confunde: muchos, demasiados, se definen como progresistas sin saber que significa progresar ni hacia adonde. Progresamos en el Neolítico; progresamos con la muerte de Cristo, progresamos cuando mientras algunos se entregaban a la ceremonia de autoadoración de Berkeley y el hippismo, Gates y Jobs, y unos cuantos más, de la nada sacaron la manera de optimizar los medios de comunicación hasta este momento: Internet es el último progreso: no podemos adivinar progresos futuros, podemos estudiar los pasados; nadie es una persona de progreso, mientras no haya progresado, en el pasado, y no hay un progreso a un punto de perfección, por la misma naturaleza esencial del hombre.
Hay aciertos rotundos en la naturaleza de la cultura y errores profundos: todo se ve a la distancia del pasado.
La unificación mundial en base a dogmas de propaganda de organismos ficticios de enorme coste, y utilidad nula, tan sólo ha traído la aberración en la que estamos: los superbuenistas que se proclaman santos en vida por lo civil, van de ong al tercer mundo a ayudarlos a modernizarse: en vez de analizar su evolución personal y social y mejorarlos por sí mismos en su propia norma de conducta y rigor, lo que hacen es sembrar el terreno para que acabe allí insertándose un macdonalds. Pero se encuentran santificados y en posesión de la verdad.
La bolsa es algo que debería preocupar a quien haya especulado; que todo un país tiemble por la presión de la especulación tan sólo significa que los gobernantes nos han vendido como esclavos modernos, neoreplicantes a corporaciones indefinidas; que en vez de preocuparse de las personas que es de lo que se supone se trata la preocupación sea quedar bien ante el sistema fiduciario mundial, o los poseedores del dinero, nos da la medida de la hez. Las personas pueden morir de hambre, se sacrifica todo al becerro de oro por “los mercados” o por el sistema métrico decimal o por el progreso: los gobernantes no gobiernan para las personas, lo hacen para un artificio contable sustentado en una paranoia compartida de un mundo unívoco y rasgado por las costuras de la realidad que acabará por imponerse: desde Roma ahora nada hemos evolucionado, y cuando reviente esto estrepitosamente nos veremos en una situación de realidad inmediata más que bonita: los ecologistas no tendrán más remedio que vivir acorde a lo que dicen y no a de lo que cobran, porque estaremos en la situación de la edad media en la cual habrá que trabajar cada día por aceite, huevos leche, pan y algo de vino, y el comercio será testimonial y sólo en lo necesario: y nada habremos perdido en el camino porque nada hemos evolucionado.
Tanto correr para no llegar a ninguna parte.